Crítica de la película Nadie quiere la noche por Iñaki Ortiz

Dignidad helada


4/5
02/12/2015

Crítica de Nadie quiere la noche
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película

Cuando escribí la crítica de Mi otro yo, la incursión de Isabel Coixet en el terror fantástico, explicaba que veía más una historia de proceso de madurez adolescente, y que el fantástico era una excusa. Ahora, cuando Coixet se va nada menos que al polo norte, a contar la historia la intrépida exploradora Josephine Peary, y su lucha por la supervivencia con una esquimal; en realidad nos está contando un drama que tiene unas raíces mucho más cotidianas.

Nadie quiere la noche cuenta la historia de una mujer que está viviendo los sueños de su marido, en lugar de los suyos propios. Enamorada, desatendida. Una mujer que quiere recuperar su matrimonio y está dispuesta a todo por conseguir pasar más tiempo con su marido adaptándose a su modo de vida cuanto sea necesario. Dispuesta a salir de su zona de confort para mejorar su vida. Cuenta, indirectamente y sin contar con su presencia, el distanciamiento -no sólo físico- de su marido a través de la premisa argumental central, que no desvelaré aquí, y de sus decisiones -como enviar a otro a buscarla. Esto lo puedes ambientar en el polo o en una lavandería de Los Ángeles, lo mismo da.

Juliette Binoche

Diría que por encima de todo es una historia de maduración y de dignidad. Josephine aparece muy digna, con sus vestidos elegantes, su moral victoriana y sus referencias a Park Avenue. Su dignidad se basa en la apariencia, en su clase. Es la comparación con los salvajes y los indisciplinados, la que define su recta figura. No se trata de una cuestión de racismo, que también, sino de afianzar su superioridad de cartón. Según avanza la película, Josephine va degradándose físicamente mientras su mundo se derrumba -a veces literalmente. Pierde toda esa falsa dignidad para abrazar poco a poco una mucho más profunda, humana, real. Todo esto no habría funcionado tan bien sin una actriz de la talla de Juliette Binoche, que es capaz de afinar todo ese abanico de dignidad. Su carisma la convierte en esa perfecta exploradora; su calidez le da los matices que necesita cuando se rompe.

Y aunque todo esto me parece ya más que suficiente, el mayor valor lo veo en otra parte: el frío. La película es heladora. Hay una inmersión total en la expedición y la sensación de lejanía de ese lugar perdido en la noche polar es abismal. Siento más lejos el Polo de Coixet que el Marte de Ridley Scott. Lo que cuesta llegar, la blanco oscuridad, el rugido del viento, la desesperación. El frío de la película lo he sentido en los huesos; el aislamiento en el alma. Si hay algo que busco en el cine -y en una sala de cine- es que me trasporte de esa manera a otro mundo. Puedo decir que la película me ha dejado frío.

Nadie quiere la noche



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