Crítica de la película La gran belleza por Iñaki Ortiz

El bello dolor del vacío


5/5
07/12/2013

Crítica de La gran belleza
por Iñaki Ortiz



Carátula de la película La gran belleza hace honor a su título desde los planos que abren la película. Paolo Sorrentino ofrece una cámara fluida que se mueve sin parar de forma suave pero atrevida, con un montaje hipnótico, y con las voces sacras de un coro que parece ser el preludio de una tragedia clásica. El arte, la muerte, la belleza, la espiritualidad, el materialismo y sobre todo, Roma, ya están presentes. El contrapunto, brusco, a través del montaje ideológico que nos lleva a un grito, a una fiesta -un fiestón- con la vulgaridad de Bob Sinclair versionando a Rafaella Carrá como contraste absoluto de la delicadeza anterior. El concepto general de la película al completo ya ha quedado expuesto con todos estos elementos, a partir de aquí, profundizará, regalándonos algunos momentos memorables.

La película nos muestra el vacío más absoluto, entre la abundancia, la diversión, el placer, los excesos. Lo desarrolla de principio a fin, pero en algunos momentos nos permite asomarnos a un abismo de trágica vacuidad, a unos personajes muertos por dentro, que sobreviven forzando una sonrisa cada mañana para no desaparecer. Las suntuosas fiestas ni siquiera son tan atractivas como las del Gatsby de Luhrmann: escuchamos la misma música de la talla de Mueve la colita, y salvo unas gogós de diseño, el resto es tediosamente vulgar. Lujoso, pero vulgar. Eso sí, Sorrentino consigue captar la diversión de una tribu que danza al unísono como en un ritual, como un solo ser de puro placer vacío. El plano del protagonista mirando a cámara con la masa saltando a su alrededor es una imagen brutal.

Toni Servillo en La gran Belleza

Es evidente que Sorrentino se apoya en Fellini. Alguna secuencia, como la primera aparición del cardenal, parece sacada de 8 y 1/2, y el protagonismo de las monjas, claro. Comparte sus momentos de surrealismo, como en el genial rito del botox. También se apoya en la ciudad eterna, Roma es un personaje más, con su arquitectura, aprovechada al máximo en planos delineados por las figuras de su increíble patrimonio. Con su pintura, que aparece explícitamente y también formalmente en algunos planos que parecen sacados de un cuadro de Caravaggio, con unos claroscuros tan marcados. Con ese homenaje al Tiber en los créditos finales, tan fluido y elegante como todo lo anterior. Es una obra absolutamente bella, pero esta belleza no oculta el dolor y el vacío de este grupo de desgraciados. No solo no la oculta, la sublima.

Mención aparte para Toni Servillo, que sostiene prácticamente toda la película sobre sus hombros. Es capaz de expresar una sensibilidad especial, al tiempo que un cinismo simpático y un carisma que le convierte en el líder de la vacuidad. Valen tanto su afable sonrisa de consuelo como su mirada rota. Y, no sé si por mérito de la actriz Giusi Merli, por el equipo de maquillaje o por los planos que le regala Sorrentino, la santa se convierte en uno de los personajes más fascinantes del año. Con ese punto entre la ironía y la sinceridad que impregna toda la película. Una imagen complementaria del protagonista y su mundo.

Imagen de La gran Belleza

Una película bellísima, doliente y divertida sobre la muerte, el vacío, el desamor, la desesperanza y sobre todo, la peor insatisfacción que no es la de no tener lo que se quiere, sino la de no querer lo que se necesita.



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