Partiendo de la figura imprescindible de Abbas Kiarostami, la cinematografía iraní ha evolucionado siempre en la órbita del cine de autor hasta conformar un estilo con una fuerte personalidad propia. A fecha de hoy el cine hecho en Irán pasa por ser uno de los más interesantes y prolíficos de las últimas décadas, a pesar de las dificultades con las que se encuentran sus creativos. Y es un cine que gusta en el resto del mundo. Raro es el festival en el que el país no está representado. Hablar de este tema sin mencionar el apellido Makhmalbaf es imposible. En efecto, Mohsen y Marziyeh Makhmalbaf (Kandahar, Stray dogs) encabezan una familia de cineastas y artistas en el más amplio sentido de la palabra.
Lejos de vivir de rentas, las hijas del matrimonio han conseguido instituirse en autoras con un nombre propio, aunque lo cierto es que resulta difícil no encontrar similitudes entre la nueva película de Samira y el último film de su hermana Hana, Buda explotó por vergüenza, premio especial del jurado en San Sebastián. Ambos están rodados en Afganistán y protagonizados por actores infantiles no profesionales. Pero aunque Samira Makhmalbaf arrastre el peso de su apellido, no hace falta compararla con nadie. Los premios obtenidos en Cannes con La pizarra y A las cinco de la tarde así lo demuestran. En esta ocasión la directora lleva a la pantalla un guión de su padre para hablarnos de desigualdades sociales en clave de metáfora, a través de imágenes duras y hermosas a partes iguales. Una oportunidad inmejorable para que el espectador medio se sacuda de encima los prejuicios cinematográficos a través de un cine comprometido pero no demasiado complicado. No es solo para gafapastas.