Tsukamoto es un tío que gusta de grabarse a sí mismo metiéndose tubos en los muslos, mordiendo tuberías con los dientes y haciendo otras muchas lindezas. Como es lógico, esto causa el rechazo de mucha gente que no es capaz de ver ningún valor cinematográfico en las locas performances del director.
Si el cine japonés ha sido el principal encargado de provocarnos extrañeza mientras veníamos una película, Shinya Tsukamoto, uno de sus máximos exponentes, ha sido el encargado de fascinarnos y dejarnos perplejos con su cine. Sus películas, a menudo con una temática insondable, son de las que no te dejan indiferentes. Eso es lo mejor: sabes que a la salida del cine habrá un gran sector del público que le odie y otro que le venere... y eso mola.
El gran peligro que tiene, es que es capaz de hacer que una película de sesenta minutos se te haga larga. Es capaz de alternar escenas que te dejan pegado a la butaca con muchas otras que te sacan de la película y te llevan a plantearte si estás cuerdo al ver su cine.
En ésta ocasión el argumento de la película da la posibilidad a Tsukamoto de contarnos algo con su lenguaje, pero con coherencia y sin dejarnos sin saber qué decir.
Aún y todo lo dudo y creo que Tsukamoto nos reventará las neuronas con una sucesión de imágenes dificiles de digerir.